El fascinante Norte de Antioquia

Por: Gloria Inés Montoya Mejía

Mucho es lo que nos falta conocer y apreciar de nuestra propia tierra. En Colombia se dice que los antioqueños amamos el suelo que pisamos y lo cuidamos, pero estoy convencida de que aún nos falta descubrirlo mejor, recorrerlo con los ojos de la historia y con el corazón despierto al presente.

En 1975, Antioquia fue dividida oficialmente en nueve subregiones: Oriente, Occidente, Suroeste, Norte, Nordeste, Magdalena Medio, Bajo Cauca, Valle de Aburrá y Urabá. Una clasificación hecha bajo criterios ambientales y geomorfológicos que, más allá de los mapas, nos recuerda la riqueza y la diversidad de un territorio que nunca se agota. Sin embargo, la gran pregunta sigue viva: ¿qué es lo que realmente nos une como pueblo antioqueño?

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Hace un año me propuse un reto personal: recorrer cada una de estas regiones en busca de ese hilo conductor que nos atraviesa. El camino comenzó en el Suroeste, tierra de montañas empinadas, cafetales infinitos y trochas de arriería. Allí, entre pueblos como Jardín, Jericó, Andes y Támesis, descubrí una mezcla de devoción, trabajo y poesía que pareciera ser la esencia misma de la región.

Hoy el viaje continúa hacia el Norte de Antioquia, conformado por diecisiete municipios: Angostura, Belmira, Briceño, Campamento, Carolina del Príncipe, Donmatías, Entrerríos, Gómez Plata, Guadalupe, Ituango, San Andrés de Cuerquia, San José de la Montaña, San Pedro de los Milagros, Santa Rosa de Osos, Toledo, Valdivia y Yarumal. Cada uno guarda un tesoro que entrelaza naturaleza, fe, cultura y espíritu emprendedor. En San Pedro de los Milagros, los murales de su basílica le han dado el nombre de la Capilla Sixtina de Antioquia; en Entrerríos, la niebla y el ganado lo han convertido en la Suiza antioqueña; en Ituango late la fuerza de la capital energética del país; mientras que Valdivia, un pueblo sin plaza central, sorprende con la única iglesia bizantina de Antioquia, diseñada por el arquitecto italiano Albano Germanetti.

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Angostura es tierra de fervor religioso, donde aún se conserva el cuerpo incorrupto del Padre Marianito, hoy beato de la Iglesia; Santa Rosa de Osos, además de su vocación ganadera, vio nacer a Epifanio Mejía, autor del himno de Antioquia; Yarumal fue cuna del pintor Francisco Antonio Cano, creador de la inmortal obra Horizontes; y en Donmatías se alza con solemnidad el templo diseñado por Tomás Uribe y Agustín Goovaerts, joya de la arquitectura departamental.

El Norte, como todo Antioquia, es un mosaico donde se cruzan la colonización, las luchas por la libertad, la fe y la creación de empresas que convirtieron estas montañas en motor de progreso. Pero aún queda abierta la pregunta: ¿hay un hilo conductor histórico que una a cada municipio y a cada región? Ese es el desafío que me he propuesto: hallar en los hechos, en las memorias y en los personajes la respuesta.

Viajar por Antioquia no es solo recorrer paisajes: es entrar en un túnel del tiempo, donde todavía pervive la tradición sencilla de la vida campesina, en contraste con la modernidad de las ciudades. Es descubrir montañas que narran epopeyas, ríos que guardan memorias y pueblos que, como páginas vivas, esperan ser leídos. Y en esa lectura, quizás, encontremos lo que realmente nos hace uno solo.

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