Por: Sergio A. Restrepo Alzate.
En las laderas frescas de la Cordillera Central, donde los cafetales se abrazan con el verde profundo de los guaduales y el brillo plateado de los yarumos, habita un ser discreto pero lleno de identidad: el Atlapetesblancae, al que el corazón antioqueño ha bautizado con cariño como el Montañerito Paisa.
Su plumaje combina el gris oscuro con el negro elegante, coronado por una gorra blanca que le da un aire de montañero sobrio y distinguido, como aquel paisa que se pone el sombrero antes de salir a la plaza. Sus ojos vivaces parecen atentos al murmullo del río y al susurro de los cafetales. No es un ave de grandes vuelos; prefiere andar entre los matorrales húmedos y la vegetación densa, siempre apegado a su tierra, como el campesino que nunca olvida la querencia de su vereda.

El Montañerito Paisa fue dado a conocer por la ciencia apenas en 2007, como un tesoro que la montaña había decidido ocultar durante siglos. Habita en un territorio diminuto y frágil, entre los 1.500 y 2.000 metros de altitud, en los relictos de bosque andino que aún resisten cerca de Medellín y en algunos rincones del Norte antioqueño. Allí, entre la neblina y el verdor húmedo, este pequeño guardián se mueve con sigilo entre arbustos y sotobosque. Su dieta, compuesta de insectos y frutos, lo convierte en un aliado silencioso de la montaña: controla poblaciones de invertebrados y ayuda a dispersar semillas, asegurando que el bosque conserve su vitalidad y equilibrio.
Sus avistamientos se han concentrado en un puñado de municipios del Norte, como San Pedro de los Milagros, San José de la Montaña, Santa Rosa de Osos, San Andrés de Cuerquia, Yarumal y Belmira, además de algunos pocos reportes hacia las laderas del Occidente antioqueño. Esta distribución tan reducida hace que cada parche de bosque en estas montañas sea vital para su supervivencia, pues fuera de estos relictos verdes su canto se apaga.
Para la cultura paisa, el Montañerito es un espejo de su propia identidad: trabajador incansable, discreto en su andar, resiliente frente a la adversidad y profundamente arraigado a la tierra que lo vio nacer. Así como el arriero custodia la memoria de las trochas y de los caminos de herradura, este pequeño pájaro guarda en su canto la esencia de los bosques andinos. Allí, entre el follaje, resiste en silencio la presión de la urbanización y los cambios de uso del suelo, recordándonos que la verdadera riqueza de Antioquia no solo está en sus montañas cultivadas, sino también en la vida silvestre que aún late en ellas.



Sin embargo, su canto corre peligro de extinguirse. La deforestación, la expansión urbana y la pérdida de hábitat han reducido sus espacios vitales. Hoy, el Montañerito Paisa está catalogado como en peligro crítico de extinción, con apenas unos centenares de individuos conocidos. Su fragilidad nos recuerda que el progreso sin conciencia puede silenciar las voces más puras de la montaña.
El Montañerito Paisa no es solo un ave: es un símbolo de la Antioquia profunda, de la relación entre naturaleza y cultura. Conservarlo es preservar no únicamente una especie, sino un fragmento de la identidad paisa que late en cada cafetal, en cada bosque húmedo y en cada amanecer de la montaña.
Que su canto no se apague. Que los hijos de esta tierra comprendan que al proteger al Montañerito, también estamos protegiendo nuestra memoria, nuestro paisaje y nuestro futuro.
Lea además: LA ARQUIDIÓCESIS DE SANTAFE DE ANTIOQUIA CELEBRARÁ EL JUBILEO CAMPESINO 2025
