Informe especial para El Occidental por Félix Alfazar González Mira
El autor hace un recorrido histórico que reivindica el lugar de origen, los momentos y sobre todo a los personajes que lograron la gesta de la que hoy es la vía y la región más importante de Colombia.
Al buscar la definición de epopeya, encontramos una doble condición que la hace especialmente expresiva en el lenguaje y la literatura: por un lado, la narrativa de hazañas heroicas, de hechos grandiosos y cruciales para la historia de una región; y, simultáneamente, la referencia a un conjunto de hechos heroicos o a una gran aventura digna de ser cantada o contada, compuesta por acontecimientos que pueden calificarse de increíbles y casi sobrenaturales.
Esa circunstancia ha acompañado el devenir de la región de Urabá durante las épocas de la Conquista, la Colonia y la República. Y es que este territorio ha vivido, sufrido y padecido todo lo imaginable —e incluso lo inimaginable— para convertirse, ahora sí, en la zona ubérrima y pródiga de Antioquia y de Colombia.
La epopeya que hizo que Frontino fuera pionero en el desarrollo de Urabá, cuando el mar comenzó a soñarse desde la montaña
mucho antes de que los túneles perforaran la roca y las autopistas desafiaran la geografía, Urabá fue primero una idea: un anhelo persistente nacido en la mente de hombres que se atrevieron a mirar más allá de la cordillera. Ese sueño —el de unir a Antioquia con el mar Caribe— no nació en los escritorios del poder ni en los puertos, sino en un territorio montañoso, aislado y visionario: Frontino.
Desde allí, tres figuras separadas por el tiempo, pero unidas por un mismo propósito, protagonizaron una epopeya silenciosa que cambiaría el destino de toda una región.

l. JOHN H. WHITE: El extranjero que entendió la montaña.
A finales del siglo XIX e inicios del XX, John H. White, ingeniero de origen británico, decidió establecerse en Frontino para trabajar en las minas de oro. No llegó como conquistador ni como funcionario, sino como un observador lúcido de una geografía desafiante. Desde allí comprendió algo esencial: Antioquia solo estaría completa cuando lograra tocar el mar.
White fue el primero en imaginar un paso real desde el occidente antioqueño hacia Urabá. Con recursos limitados, abrió trochas, diseñó rutas y construyó el primer camino funcional entre Frontino y las tierras bajas de Urabá. No era una carretera moderna, pero sí un acto fundacional: demostró que el camino existía. Fue mediante el paso de La Cerrazón–Paravandó–Riosucio como se rompió la selva para divisar la llanura.
Ese gesto técnico fue, en realidad, un gesto político y civilizatorio. Frontino dejaba de ser frontera para convertirse en puerta.

II. MONSEÑOR JOSÉ JOAQUIN ARTEAGA Y SAN JULIAN: la palabra que empujó la historia.
El segundo protagonista no empuñó planos ni herramientas, sino ideas y convicciones.
Monseñor José Joaquín Arteaga y San Julián (†1926), prefecto apostólico de Urabá, desde su sede en Frontino recorrió selvas, ríos y montañas, padeció la incomunicación y comprendió el abandono histórico del territorio.
Arteaga hizo el mismo recorrido que White, pero llevó el mensaje más lejos: viajó a Medellín y convirtió la necesidad del camino en causa pública. Allí dialogó con líderes políticos y empresariales, entre ellos Gonzalo Mejía, impulsor del Ferrocarril de Antioquia, para convencerlos de que “la carretera al mar no era un capricho regional, sino una urgencia nacional”.
Desde púlpitos, discursos y escritos, Arteaga sostuvo que sin comunicación no habría ni fe, ni comercio, ni nación en Urabá. Fue el gran articulador moral e intelectual de la Vía al Mar. Resulta famosa, por histórica y premonitoria, su intervención en el Teatro Junín ante toda la dirigencia pública y privada antioqueña de la época, cuando, dirigiéndose a don Gonzalo Mejía, sentenció:
“Si esa carretera no la hace el erario, algún día la tendrá que hacer la vergüenza nacional”.

lll.GUILLERMO GAVIRIA ECHEVERRI: atravesar la montaña
Décadas después, el sueño encontró a su ingeniero definitivo. Al conocerse que el centralismo nacional pretendía que la comunicación hacia el mar Caribe se realizara por el norte, hasta Tarazá y de allí al golfo de Urabá, Guillermo Gaviria Echeverri defendió, con sólidos argumentos, que la ruta debía hacerse por el Occidente.
Nacido en Frontino, Gaviria Echeverri creció escuchando las historias del camino imposible. Ya formado como ingeniero civil y de minas, propuso lo que antes parecía una herejía técnica: no rodear la montaña, sino atravesarla.
Fue él quien concibió la idea de los grandes túneles como solución estructural para conectar a Medellín con Urabá. Primero el de San Cristóbal; luego, el proyecto monumental del Túnel del Toyo, hoy denominado Túnel Guillermo Gaviria Echeverri, eje de la Nueva Vía al Mar.
Su visión no fue solo de ingeniería, sino de integración territorial, competitividad económica y justicia histórica para una región marginada.
*IV. URABÁ: un territorio disputado, un destino postergado.
La epopeya no puede entenderse sin su trasfondo político. Urabá fue durante años desmembrada administrativamente, anexada al Chocó y al Cauca, alejándola de Antioquia en plena vigencia de los Estados Soberanos. En 1905, bajo el gobierno del general Rafael Reyes, Antioquia perdió el Viejo Caldas, pero recuperó Urabá, reconociendo su valor estratégico.
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Sin vías y sin una presencia efectiva del Estado, Urabá corría el riesgo de perderse nuevamente, no por decreto, sino por abandono. De ahí la urgencia del camino.
V. FRONTINO: Donde empezó todo.
Esta no es solo la historia de una carretera; es la historia de Frontino como punto de origen:
Allí pensó White el primer trazado.
Desde allí partió la ruta inicial, con un “frontineño nacido en España”, como gustaba decir el obispo vasco-navarro José Joaquín Arteaga y San Julián.
Allí nació Guillermo Gaviria Echeverri.
Desde allí se soñó el mar.
Por eso, afirmar que el desarrollo de Urabá comenzó en Frontino no es retórica: es una verdad histórica desde la cual la montaña y la selva fueron vencidas.
Hoy, cuando los túneles perforan la roca y el mar está a pocas horas de Medellín, es justo recordar que las grandes obras comienzan como ideas obstinadas.
La epopeya de Urabá es la suma de pensamiento, palabra y acción. Y su punto de partida fue Frontino.
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