Por: Gloria Montoya
Crecí escuchando que el mundo se acabaría en el año 2000. Luego fue el 2012, con el calendario maya convertido en espectáculo. Después el 2025. Hace poco, febrero de 2026. Ahora algunos hablan del 2027, con la ayuda de la inteligencia artificial para calcular nuestro final con precisión matemática.
Y aquí seguimos. Con café caliente. Con cuentas por pagar. Con nuestras rutinas.
Pero quizás el error está en imaginar el fin del mundo como una explosión cósmica. El verdadero apocalipsis es más silencioso: ocurre cada vez que alguien deja de sentirse visto. Cada vez que una persona viva se siente menos valiosa que una mascota. Cada vez que un hogar gira alrededor de un perro o de un gato… y no alrededor de las personas que lo habitan.
Ese fin del mundo ya empezó.
En medio de este paisaje aparece un fenómeno que muchos observan con desconcierto: la comunidad therian. Jóvenes —y no tan jóvenes— que no juegan a ser animales, sino que afirman serlo en esencia. Lobo. Zorro. Ciervo. Gato. Perro.
Algunos evocan la historia bíblica de Nabucodonosor, el rey que terminó comiendo hierba como los bueyes. Otros lo interpretan como una señal cultural de decadencia. La psicología propone algo más inquietante: en un mundo donde el yo humano se siente fragmentado, inestable, prescindible, lo animal parece más auténtico: el perro no finge, el lobo no necesita validación, el animal no vive atrapado en la ansiedad de ser suficiente.
La pregunta no es por qué alguien quiere ser un animal. La pregunta es: ¿qué se quebró en nuestra experiencia de lo humano para que ser humano ya no resulte deseable? ¿Serán acaso las mascotas con privilegios y las personas con vacío?
Aquí empieza la parte incómoda.

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No se trata de atacar el amor por los animales. Amarlos es hermoso y verdaderamente humano. Cuidarlos habla de nobleza. Pero cuando el perro recibe más atención emocional que los hijos, más conversación que el cónyuge, más celebraciones que los abuelos… algo se desplazó.
En la vida moderna y en nombre del respeto a la autonomía aprendimos a no intervenir. En nombre de la libertad dejamos de involucrarnos. En nombre del “cada quien vive su proceso” soltamos los vínculos hasta que dejaron de unirnos… y dejaron de sostener nuestras relaciones.
El resultado no es libertad, es soledad. Y en esa soledad, la mascota se convirtió en refugio perfecto: siempre disponible, siempre agradecida, nunca crítica, nunca exige madurez.
El celular comparte esa misma cualidad. Ni el perro ni la pantalla te confrontan. No te piden crecer. No te dicen verdades difíciles. No te obligan a escuchar cuando estás cansado. Pero el ser humano sí. Y tal vez por eso empezamos a preferir lo que no nos exige sobre lo que nos transforma.
—”Quisiera ser el perro de mi casa” —me dijo una sobrina hace unos años, en medio de una depresión. Eso no es ternura. Es un diagnóstico de enfermedad social. No expresa amor por los animales. Expresa hambre de reconocimiento. Hambre de presencia. Hambre de ser elegida.
Porque el problema no es que el perro sea amado. El problema es que alguien, bajo el mismo techo, no lo sea.
Estamos criando generaciones hiperconectadas y emocionalmente desnutridas. Hijos que compiten con mascotas por caricias. Esposos que conversan menos entre ellos que con el perro. Abuelos que se vuelven accesorios silenciosos en casas donde el animal tiene perfil en redes y cumpleaños temático.
No es exageración. Es síntoma de distorsión humana.
Entonces se hace necesaria una pregunta filosófica central. Porque cada época tiene la suya, y justamente la nuestra no es “¿existe la verdad?” ni “¿qué es el ser?”. Es más devastadora: ¿Quién me ve?
No quién me da “like”. No quién me reacciona con un corazón. No quién comenta una foto. Quién me ve cuando estoy mal. Quién nota mi silencio. Quién se sienta, aunque esté cansado. Quién me elige, no porque soy fácil, sino porque valgo.
El perro lo hace por instinto; el ser humano debe hacerlo por decisión.
Y ahí está la diferencia crucial: el amor humano no es reflejo automático. Es voluntad. Es sacrificio. Es presencia sostenida incluso cuando no es cómoda.
No soy adivina, pero creo que el verdadero apocalipsis no será un meteorito, no será la inteligencia artificial, no será en el 2027. Será el día en que ser humano deje de ser una aspiración para sí mismo. Cuando nuestros hijos prefieran ser animales porque los animales reciben más ternura. Cuando amar sin conflicto sea más atractivo que amar con compromiso. Cuando acompañar sea reemplazado por entretener. Ese es el fin del mundo que debería asustarnos. Porque una sociedad donde nadie quiere ser humano es una sociedad que se ha perdido a sí misma.
Y viene entonces la cuestión: como se piensa, se vive.
Si pensamos que el otro es una carga, viviremos aislados. Si pensamos que el amor es emoción sin esfuerzo, construiremos vínculos frágiles. Si pensamos que un perro puede sustituir la complejidad humana, lo coronaremos… y dejaremos tronos vacíos para las personas.
Pero si empezamos a pensar que lo humano —con toda su imperfección, su conflicto, su intensidad— sigue siendo lo más valioso que tenemos, entonces tal vez podamos revertir el desajuste.
El mundo no necesita menos perros. Necesita más presencia humana. Más miradas que digan: te veo. Más manos que digan: aquí estoy. Más decisiones conscientes de elegir al otro.
Porque el día que nadie quiera ser humano, ese día sí habrá llegado el apocalipsis.
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