Por: Mateo Cano Valderrama
El occidente de Antioquia vuelve a quedar en silencio en uno de los escenarios más importantes de decisión del país, el Congreso de la República. Tras el cierre de inscripciones de candidatos para las elecciones del próximo 8 de marzo de 2026, los datos son claros y preocupantes para la region. Entre 1.124 aspirantes al Senado no aparece un solo nombre del occidente antioqueño, y entre los 135 candidatos inscritos en Antioquia para la Cámara de Representantes, nuevamente esta subregión no logra consolidar una representación propia.
Este no es un hecho menor ni una simple coincidencia electoral. Es la evidencia de una deuda histórica con un territorio conformado por 19 municipios y cerca de 223.000 habitantes, que sigue sin tener una voz directa en los espacios donde se toman las decisiones que afectan su presente y su futuro. La pregunta es inevitable y se repite cada cuatro años. ¿Hasta cuándo el occidente antioqueño seguirá siendo espectador y no protagonista de la política nacional y departamental?
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Es cierto que dentro del listado de candidatos a la Cámara aparece Andrés Guerra, quien tiene raíces familiares en el municipio de Peque. Sin embargo, su trayectoria política, su residencia y su caudal electoral se han consolidado en otras subregiones del departamento. No ha vivido en el occidente antioqueño ni ha construido su liderazgo político desde este territorio, por lo que, en términos reales, no representa una voz propia del occidente ni una candidatura surgida desde la región y para la región.
Esta precisión es importante, porque confirma una realidad que no se puede seguir maquillando, en la práctica, el occidente antioqueño no cuenta hoy con candidatos propios al Congreso de la República. No hay liderazgos nacidos del territorio con capacidad y conocimiento real de representar sus intereses en la Cámara o en el Senado.
La ausencia de representación resulta aún más preocupante cuando se analiza la visión estratégica que hoy se proyecta sobre el occidente antioqueño. Esta subregión se consolida como el eje fundamental que articula el área metropolitana del Valle de Aburrá con los puertos de Urabá, convirtiéndose en un paso obligado para el tránsito de mercancías, bienes y servicios que conectan el interior del país con los mercados internacionales. En este corredor se juegan buena parte de las oportunidades logísticas, económicas y productivas que marcarán el desarrollo de Antioquia en las próximas décadas.
El impacto de esta conexión será profundo. El desarrollo regional del occidente se verá ampliamente influenciado por la expansión de la infraestructura vial, el comercio, la inversión privada y la generación de empleo. No obstante, mientras el territorio asume un papel cada vez más estratégico, sigue careciendo de representación política acorde con su importancia. Las decisiones sobre su futuro continúan tomándose desde la distancia, desde escritorios que pocas veces conocen la realidad social, económica, cultural y ambiental de la región.
Hoy se habla del occidente como corredor, como ruta o como paso necesario, pero no como una región con identidad propia y con voz clara en los escenarios de poder. Esta falta de liderazgo político propio limita la capacidad del territorio para incidir en la priorización de proyectos, en la defensa de sus intereses y en la construcción de un desarrollo equilibrado que beneficie a sus habitantes y no solo a quienes transitan por él.
Por eso, el occidente antioqueño necesita avanzar hacia una visión colectiva de liderazgo y representatividad. Una visión que entienda que el desarrollo no puede imponerse desde afuera, sino construirse desde adentro, con líderes que conozcan el territorio, sus potencialidades y sus retos.El objetivo regional está planteado, pasar de ser un territorio de paso a convertirse en un territorio con voz, liderazgo y capacidad real de incidencia política.
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