Editorial El Occidental
Colombia ha vivido sus peores momentos republicanos durante los últimos 40 meses, con un gobierno que cada día quiere graduarse en el despotismo o como principiante de una dictadura matriculada en la escuela del castrochavismo destructor.
El desgobierno de Gustavo Petro resultó peor que lo que muchos vaticinaban, pues de este no se esperaba el desbordamiento de una corrupción imparable y justificada por su propio líder, toda vez que sus banderas de campaña estaban afincadas sobre este tema. Así mismo se esperaba un gobierno soportado en la democracia que tanto vociferaba de Congresista; pero en realidad lo que no esperaban ni sus propios nuevos seguidores dados de intelectuales, era que Petro fuera a aliarse con tantos delincuentes a la vez y destruyera a las fuerzas militares como lo ha hecho, cuando como senador también hacía debates para defender la institucionalidad que hoy él mismo está desmoronando.
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¿Y sus promesas de campaña? Sobre mármol juró defender y no hacer una constituyente porque su partido fue coautor de la de 1991 que tanto aplaudió hasta llegar a la presidencia y sentirse el nuevo monarca del mundo. Pero lo peor que se ha vivido y demostrado en este desgobierno del cambio es que tenemos una constitución absolutamente débil y que todos quieren pisotear, donde la separación de poderes vale un carajo o no existe, donde el poder judicial no cumple su función y la fiscalía se arrodilla al ejecutivo así violen las normas; donde el legislativo actúa bajo amenaza o “mermelada”. Y más peor aún, dónde los organismos de control no tienen dientes siquiera para asustar a quienes por mandato de esa misma constitución están obligados a vigilar.
Lo que realmente Colombia necesita es una maratónica destituyente, una figura que perfectamente podría aplicarse a este gobierno, si realmente existiera la separación de poderes; en cualquier democracia del mundo los ministros de salud, educación, Hacienda y defensa, por lo menos, ya estarían destituidos, por acabar con los sistemas de salud, con la educación y su financiamiento y por el estado de inseguridad en que el país está.
Si existiera separación real de poderes, la moción de censura en el congreso ya se hubiera aplicado por lo menos a diez ministros o si la Procuraduría General de la Nación tuviera la real capacidad de su poder disciplinario ya hubieran procedido las destituciones fulminantes y hubieran quedado en firme desde hace muchos meses. Esa destituyente nacional también se hubiera aplicado desde la comisión de acusaciones para un presidente inepto, incapaz y violador de las normas electorales y otras más. Pero bien ganado tiene el nombre de “comisión de absoluciones”, más ineptos e incapaces que los mismos a quienes tienen que investigar.
Concluyendo al pensar de las mayorías, Colombia no necesita una Constituyente, requiere de una Destituyente; Colombia no necesita una nueva Constitución, necesita un nuevo gobierno.
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