PETRO Y SU ADN 

Por: Félix Alfázar González Mira

No sabe uno por dónde arrancar a escribir una reflexión sobre este farragoso y confuso gobierno. Todos los días produce noticias o información que no se compadece de las necesidades del país y sus gentes, al contrario, van en contravía de requerimientos útiles de los procesos que se surten en el territorio nacional. Vaya uno a saber si es por incapacidad de gobernar, por trastornos mentales, por imposibilidad de hacer el tránsito entre opositor y agitador compulsivo a gobernante serio y responsable de un programa de gobierno; por intereses ocultos de resentimiento por la inversión privada, el mercado, el capitalismo y la libertad, por su personalidad caótica o por su ideología que le indica destruir todo, para sobre las ruinas construir una nueva sociedad como lo enseña Marx en su socialismo en desuso y probadamente empobrecedor.

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Los proceso socioeconómicos que avanzaban consultando las aspiraciones de las inmensas mayorías nacionales en una especie de consenso social implícito, han sido sacudidos por las huracanadas opiniones y permanentes y continuas manifestaciones del jefe del Estado; produciendo desconcierto en unos casos, desazón en otros y desinversión en la mayoría de los sectores de la vida económica nacional.

El presidente Uribe viene señalando que es válido y necesario hacerse autocrítica para mirar en qué se falló en los gobiernos, que hizo posible que los colombianos eligieran al actual presidente; para mejorar, en todo, mirando con optimismo el futuro. ¿Serán eventos que deben surtir las sociedades en algún momento de su desarrollo histórico-político ante el deterioro de sus instituciones en todos los niveles de la estructura del estado, con fenómenos de corrupción evidentes en las tres ramas del poder público? ¿Serán sacudidas que ellas mismas se autoinfligen para, como el águila, salir volando renovadas hacia estadios superiores de desarrollo? Podría seguirse elucubrando sobre esta circunstancia en la vida republicana de Colombia. 

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Tener en cuenta que en las anteriores elecciones donde participó el actual presidente no alcanzó a hacerse elegir en virtud de su falta de apoyo de sectores políticos de centro y centroizquierda que no se sentían representados en su pensamiento marxista. Tuvo que acudir a personajes visibles de la baja política con dinero, poder y capacidad de navegar en aguas variopintas, acompañados  del personaje despreciable que representa Juan Manuel Santos. 

Pero de una cosa sí podría estar uno seguro: los 650 mil colombianos que hicieron la mayoría para elegir a Gustavo Petro de presidente no son extremos izquierdistas, él no los interpreta y debería actuar en consecuencia en la ejecución de sus políticas públicas. A él no lo eligió y nunca lo elegiría la izquierda extrema que lleva en su chip ideológico. 

¿Podría el presidente por algún momento atender esa circunstancia singular que se hizo presidente en virtud de la participación de gentes que pueden profesar de todo  menos su ideología y pensamiento marxista?

Colombia después del 26 será otra que ojalá fuera superior a la que venía en el 22 y no empiece a caminar por senderos que mezclen lo que estamos viviendo con toda su carga de destrucción integral y nuevas y renovadas prácticas de gobierno justificadas en el comportamiento del actual. 

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Ello conduce a invitar a la opinión en su amplio espectro a tomar decisiones políticas asentadas en las mejores personas que nos puedan gobernar desde el ejecutivo y las mejores mentes que nos puedan representar desde el legislativo. Estos tiempos han demostrado hasta la saciedad que no solamente nos debe preocupar a quién elegimos de presidente, sino a quienes les damos nuestra representación en el congreso. Ahí los tenemos diaria y nochemente a los dos poderes, dando espectáculos degradantes de mal gobierno. En los largos ocho años de Santos, con la mermelada corrupta y la bolsa de negocios de los contratos entre los senadores y en este gobierno, a la degradación total de maletines llenos de billetes que representan  el precio tranzado del parlamentario. Claro que hay excepciones en el parlamento, por supuesto. 

Bueno señores lectores. ¡Espero que no haya resultado esta reflexión tan farragosa como este gobierno que la inspiró!

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