En los bosques húmedos del Occidente de Antioquia, un destello dorado y turquesa rompe la monotonía del verde. Es la Tangara gyrola: breve como un suspiro, pero suficiente para recordar que la belleza aún habita en lo sencillo.
Por Sergio A. Restrepo Alzate.
En los claros húmedos donde la neblina se posa con la paciencia de un escribano antiguo y el sol apenas insinúa su firma entre las hojas, aparece un destello que no pertenece ni al cielo ni al agua. Es la Tangara gyrola, pequeña, vivaz y absolutamente inolvidable. Quien la ve por primera vez duda, y con razón, si se trata de un ave o de un recuerdo de color escapado del paraíso.
La Tangara gyrola, conocida como tángara cabecirroja o cabecibaya, es un ave diminuta, de aproximadamente 14 centímetros, perteneciente a la familia de las tangaras tropicales americanas. Su plumaje parece una obra deliberada de la naturaleza: cabeza rojiza que reluce al amanecer, pecho y vientre de un turquesa profundo como el río en sombra, dorso verde brillante que la funde con la selva, y alas oscuras con reflejos azulados. No es un ave ruidosa ni pretende imponerse; su voz es breve y cristalina, un susurro que solo oye quien decide escuchar el bosque.

Se alimenta principalmente de pequeños frutos silvestres, guayabillos, yarumos y bayas, y ocasionalmente de insectos diminutos. Vive en parejas o pequeños grupos, moviéndose inquieta entre el dosel medio, rara vez permaneciendo mucho tiempo en el mismo lugar. La belleza, como las verdades profundas, no suele quedarse quieta para siempre.
Su distribución abarca desde el sur de México hasta el norte de Sudamérica, pero Colombia es uno de sus territorios predilectos. En el Occidente de Antioquia, especialmente en municipios como Cañasgordas, Dabeiba o Giraldo, suele aparecer después de la lluvia cuando el bosque respira con mayor intensidad. Campesinos y caminantes la encuentran en bordes de caminos, cafetales sombreados y quebradas. No teme al humano respetuoso; solo rehúye al ruido, porque el bosque, al igual que la memoria, se comparte en voz baja.
Cuentan los abuelos del occidente antioqueño que hace mucho tiempo, cuando los ríos hablaban con nombre propio y las montañas aún no tenían mapas, el bosque empezó a perder sus colores. El verde se volvía gris, el cielo amanecía pálido y las flores olvidaban cómo florecer. Los animales acudieron al río grande para consultar al espíritu del agua, y el río respondió que los hombres estaban dejando de mirar con el corazón, y cuando el hombre deja de asombrarse, el mundo empieza a desteñirse.
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Entonces apareció un pequeño pájaro completamente blanco. No tenía canto, ni brillo, ni nombre. Nadie lo había visto antes. Preguntó qué podía hacer para salvar el bosque, y el río le dijo que alguien debía guardar los colores hasta que el hombre volviera a recordar la belleza. El ave emprendió un viaje por toda la selva. Del amanecer tomó el dorado, del río profundo tomó el azul turquesa, de las hojas jóvenes tomó el verde, y de la noche robó un poco de sombra para las alas.
Cuando terminó, su cuerpo brillaba con todos los colores del mundo. Pero al cargarlos perdió su voz. Desde entonces su canto es apenas un susurro, porque quien guarda la belleza no necesita gritarla. El bosque volvió a colorearse lentamente y los hombres comenzaron otra vez a detenerse en el camino. Dicen los mayores que cada vez que alguien contempla en silencio una Tangara gyrola, los colores del mundo se renuevan, y que cuando aparece cerca de una casa aún queda esperanza en ese lugar.
Hoy, al caminar por los senderos húmedos del occidente antioqueño, no es necesario internarse en selvas remotas para hallarla. A veces basta un cafetal sombreado, un borde de quebrada o un árbol cargado de frutos. El ave llega, salta, mira… y desaparece. Pero quien la vio no vuelve igual, porque algunos animales no solo habitan el territorio: lo explican.
La Tangara gyrola no es rara ni escasa; lo escaso es el tiempo que dedicamos a mirar. La naturaleza no necesita ser conquistada para maravillarnos, solo necesita ser respetada. Quien protege el bosque protege el color del mundo, y quien aprende a contemplar jamás vuelve a vivir en gris.
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