El Pelícano del Fuego Dormido: guardián del ocaso en Urabá

Por: Sergio A. Restrepo Alzate.

En Turbo, donde Antioquia se inclina ante el Caribe, el atardecer no es un simple tránsito de luz: es un acto solemne, casi ceremonial. En ese instante, una figura recorta el horizonte: elPelícano es su custodio. Según la tradición, es el ave encargada de conducir el fuego del sol hacia su reposo.

Los mayores cuentan que hubo un tiempo en que el sol no se ocultaba. Permanecía fijo sobre el golfo, implacable, condenando al mundo a una vigilia perpetua. Sin noche no había descanso, sin descanso no había orden, y sin orden, la vida comenzó a resquebrajarse. El mar se volvió errático, los peces desaparecieron y los hombres olvidaron el ritmo de sus días.

Fue entonces cuando surgió Anayá, espíritu antiguo del mar, tejido de corrientes y profundidad. No habló: impuso. Comprendió que el mundo necesitaba un límite, un equilibrio, y decidió que el sol debía aprender a retirarse.

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Convocó a las aves del cielo para encomendarles la tarea de guiar el astro hacia el horizonte. Muchas lo intentaron: veloces, fuertes, majestuosas. Todas fracasaron. El fuego del sol no se somete con fuerza, sino con entendimiento.

Hasta que apareció el pelícano, de cuerpo robusto, plumaje pardo que se confunde con los tonos del ocaso y cabeza más clara que parece capturar la última luz del día, el Pelecanus occidentalis no destacaba por imponencia, sino por equilibrio. Su largo pico, coronado por una bolsa gular amplia y flexible, le permitía capturar peces con precisión; pero era en el aire donde revelaba su verdadera naturaleza. Con alas que superan los dos metros de envergadura, planea sin esfuerzo, como si el viento lo reconociera y le concediera paso.

No desafió al sol. Lo acompañó. Se elevó con calma y, al alcanzarlo, desplegó sus alas en un movimiento lento, envolvente, como si dialogara con la luz misma. Descendió en círculos sobre el mar, marcando un ritmo que el sol, por primera vez, decidió seguir. Y entonces ocurrió: el fuego dejó de ser castigo y se convirtió en belleza.

El cielo ardió en tonos dorados y rojizos, así nació el atardecer. Desde entonces, cada día, el pelícano repite ese acto primordial: conduce el fuego del sol hasta el horizonte sin extinguirlo. Pero el pacto tuvo un costo. Parte de esa llama quedó en él. Por eso, cuando cruza el cielo al caer la tarde, parece encenderse desde dentro, como si llevara consigo un fragmento del astro que guía.

Fotos: Sergio Restrepo Alzate.

Hoy, en los manglares de Turbo, el pelícano descansa entre raíces que emergen del agua como antiguas escrituras. A simple vista, puede parecer torpe en tierra. Pero en el aire es otra cosa: una arquitectura perfecta del movimiento. Planea en líneas bajas sobre el mar y, de pronto, se pliega sobre sí mismo para lanzarse en picada. La zambullida es exacta, sin margen de error, y al emerger, su bolsa gular confirma la eficacia de su diseño.

Al caer la tarde, sin embargo, su comportamiento cambia. Ya no caza: patrulla. Vuela en círculos amplios, ordenados, como si siguiera un mandato antiguo. El aire se aquieta, el mar se vuelve espejo y el horizonte se transforma en escenario. Allí, en ese instante preciso, se repite el pacto.

Dicen que quien respeta el mar encuentra en el pelícano una guía silenciosa. Pero quien se excede, quien rompe el equilibrio, pierde su favor. El atardecer deja de ser camino y se convierte en confusión. Solo si aparece un pelícano en el cielo, girando, insistente,hay posibilidad de retorno. Seguirlo no es opción: es la única decisión sensata.

En Urabá, el ocaso no es un fenómeno natural. Es un recordatorio de orden y el Pelecanus occidentalis, con su vuelo sobrio, su precisión incuestionable y su presencia constante en el límite entre el día y la noche, sigue cumpliendo su función: conducir el fuego sin apagarlo, imponer equilibrio sin violencia.

Porque aquí, cuando el sol desciende y el mar guarda silencio, siempre hay un pelícano en el cielo. Y nunca está allí por casualidad.

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