LA URIBEDEPENDENCIA NACIONAL

uribe

Editorial El Occidental

En psicología, la dependencia emocional no es una muestra de afecto sino de carencia: la necesidad de otro para explicarse, sostenerse y, en casos más agudos, simplemente existir. Es una relación que absorbe la voluntad y reduce la capacidad de pensar por cuenta propia.

Colombia convirtió ese concepto en categoría política. Y lo hizo alrededor de un nombre que, para bien, sigue siendo el eje ineludible del debate nacional: Álvaro Uribe Vélez.

Han pasado gobiernos, han cambiado los discursos, se han reciclado promesas y fracasos, pero el país permanece anclado a una misma referencia. No es una coincidencia: es una señal de incapacidad colectiva para superar un liderazgo que marcó un antes y un después.

Sus seguidores, frecuentemente reducidos a caricaturas fáciles,”uribestias,” en realidad responden a una memoria política concreta: la de un Estado que dejó de retroceder frente a la violencia, la de una institucionalidad que recuperó iniciativa frente a actores armados como las farc, y la de un liderazgo que, con aciertos y errores impuso una idea clara de autoridad. Podrán entrar en el terreno de los análisis y cuestionamientos sus métodos o sus resultados, pero no su impacto. Y es precisamente ese impacto el que explica su persistencia.

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Pero el dato verdaderamente incómodo está en el otro extremo. Porque si algo ha quedado en evidencia en la política colombiana reciente, es que buena parte de la oposición no ha logrado construir identidad propia sin recurrir, casi de manera compulsiva a Álvaro Uribe. Lo necesitan como antagonista permanente, como explicación recurrente, como el organismo al oxígeno, como el cuerpo busca al alimento para poder vivir y, en no pocas ocasiones, como coartada política, cómo disculpa de su incompetencia.

Se le atribuyen errores, culpas y responsabilidades —muchas con evidente exageración—, pero en ese ejercicio constante se revela algo más profundo: una incapacidad estructural para desplazarlo del centro de la conversación. Se le quiere relegar, pero se le invoca; se le pretende superar, pero se le convierte en referencia obligada, en argumento recurrente.

Esa es la paradoja de la uribedependencia: no es un fenómeno de adhesión, es un fenómeno de gravitación. Uribe no domina el debate únicamente por quienes lo defienden, sino —y quizás sobre todo— por quienes no logran dejar de enfrentarlo, quienes destilan animadversión y odio ante la imposibilidad de derrotarlo.

Y así, Colombia discute en espiral. Repite nombres en lugar de ideas, revive antagonismos en lugar de proponer soluciones, y confunde intensidad con profundidad. El resultado no es un país políticamente activo, sino uno intelectualmente estancado, al ocuparse la intelectualidad progresista, de orbitar alrededor de la obra, el pensamiento, la persona y las acciones de Álvaro Uribe.

Superar esta dependencia no pasa por absolver ni por condenar figuras del pasado. Pasa por algo más exigente: construir una conversación pública capaz de sostenerse sin muletas, sin obsesiones y sin la necesidad de un adversario permanente para justificarse.

Porque al final, la pregunta no es cuánto pesa Álvaro Uribe Vélez en la historia reciente de Colombia —eso ya está escrito—, sino cuánto pesa aún en la incapacidad del país para pensar más allá de él. O es que él gravitará también sobre los tiempos futuros en su interpretación integral de los  acontecimientos contemporáneos sobre los que se van construyendo las realidades por venir.

Y mientras esa respuesta siga siendo incómoda, el país seguirá atrapado en su propia uribedependencia.

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