El Rubí del aire: guardián de Rubicón

Por: Sergio A. Restrepo

En los bosques de la vereda Rubicón, Cañasgordas, un destello rojo atraviesa la selva: el colibrí rubí, joya viva, mito ancestral y símbolo de un ecosistema que aún late… siempre que sepamos protegerlo…

En el corazón montañoso de Cañasgordas, allí donde el aire todavía conserva el aroma antiguo de la selva húmeda y el murmullo del viento resuena como un canto primitivo, habita un relámpago vivo, una chispa alada que parece no pertenecer del todo a este mundo. El colibrí rubí (Chrysolampis mosquitus) aparece, se suspende unos segundos desafiando la gravedad, vibra como una joya ardiente bajo la luz, y desaparece de nuevo entre el follaje, dejando al observador con la sensación de haber sido testigo de algo sagrado y efímero a la vez.

Dicen los habitantes del sector de Rubicón que este colibrí no es solo un ave, sino un guardián. La leyenda cuenta que, hace siglos, cuando las montañas aún conversaban con los espíritus del bosque y el tiempo no se medía en relojes sino en estaciones, una mujer indígena, curandera y sabia, entregó su vida para proteger la selva de un gran incendio. Su sacrificio fue tan puro que los dioses decidieron no permitir que su espíritu se extinguiera; lo condensaron en una chispa escarlata, brillante, vibrante, y así nació el colibrí rubí: flama perpetua, alma ardiente que recorre el bosque recordándole al hombre que la vida, aunque pequeña, puede ser infinita.

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Desde entonces, el colibrí rubí habita entre los verdes intensos de la montaña. Allí, entre bromelias, heliconias, flores diminutas y árboles de copa generosa, esta especie despliega su misterio biológico: un corazón que late a una velocidad casi inimaginable, un metabolismo que consume energía como si cada segundo fuera el último, y unas alas que baten hasta ochenta veces por segundo, retando las leyes del movimiento y el silencio de la quietud. Su plumaje no es mero adorno; es una proclamación. Bajo la luz, las plumas adquieren tonos rubí y dorado, un resplandor metálico que parece forjado por el sol y pulido por la sombra.

El colibrí rubí es una diminuta joya alada de aproximadamente 8 a 9 centímetros, pero de una presencia descomunal. El macho es inconfundible: luce una corona y garganta de intenso brillo rubí metálico, que bajo la luz parece encenderse como una llama viva, contrastando con tonos dorados y cobrizos en su pecho y flancos, y una cola rojiza que despliega con elegancia durante el vuelo o en actitudes de defensa. La hembra, más discreta pero igualmente hermosa, presenta plumaje verde bronceado en el dorso y tonos gris claros en la parte inferior, con cola rojiza bordeada de negro.

Ecológicamente, el colibrí rubí es un eslabón vital del bosque. Su función de polinizador lo convierte en un mensajero entre flores, transportando vida en cada gota de néctar que consume. Al alimentarse, conecta especies vegetales, asegura la reproducción de plantas clave y contribuye a la dinámica del ecosistema. Es pequeño, sí, pero sostiene el equilibrio invisible del bosque. Su presencia habla de salud ambiental; donde el colibrí rubí vive, respira un ecosistema aún intacto, aún resiliente.

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Sin embargo, la leyenda también advierte: cuando el colibrí rubí se aleje, cuando su brillo deje de surcar el aire, será señal de que los hombres habrán olvidado su pacto con la tierra., el avance de la deforestación, el descuido y la indiferencia amenazan ese santuario natural. El bosque no grita; se apaga en silencio. Primero desaparece el canto de algunas aves, luego las flores que dependían de ciertos polinizadores, luego los insectos, luego los árboles jóvenes… y cuando queremos reaccionar, ya no queda más que memoria.

Tal vez, cuando uno ve al colibrí rubí suspendido en el aire, piensa que el tiempo también se detiene. En ese instante, el ser humano recuerda que aún pertenece a algo mayor: a la memoria viva de la naturaleza. Por eso, el paraje Rubicón no es solo un bosque; es un templo natural. Y Chrysolampis mosquitus no es solo un ave hermosa; es el heraldo de una verdad inevitable: si perdemos estas maravillas, nos perderemos a nosotros mismos.

Hoy el colibrí rubí sigue brillando, sigue siendo llama, espíritu, pulso. Pero su permanencia no está garantizada; depende de nuestras decisiones. Defender el bosque es defender la vida. Proteger al colibrí es proteger nuestra propia historia. Que la leyenda no se convierta en epitafio, sino en inspiración. Que cuando alguien cuente el mito en el futuro, pueda decir con orgullo: “Lo cuidaron… y por eso aún vuela.”

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