Por: Sergio A. Restrepo Alzate
Entre la niebla ancestral de las montañas de Frontino, donde la historia indígena aún respira en el bosque y los ríos murmuran memoria, un destello escarlata irrumpe en el silencio: la Habia copetona. Más que un ave, es símbolo vivo de un territorio donde naturaleza, leyenda y resistencia siguen entrelazadas.
Hay territorios que no se cuentan: se susurran. Frontino, en el corazón de la cordillera Occidental antioqueña, es uno de ellos, allí donde las montañas parecen no terminar nunca y la neblina baja como si fuera memoria antigua, habita una pequeña centella roja que atraviesa el bosque con la dignidad de lo esencial: la Habia copetona (Driophlox cristata), un ave que no solo pertenece al paisaje, sino que parece custodiarlo.

Frontino no es un municipio cualquiera, es un territorio que respira historia desde antes de la historia escrita. Mucho antes de las expediciones, de los mapas y de las escrituras públicas, estas montañas fueron dominio de los pueblos Catíos, gobernados, según la tradición, por el Cacique Nutibara, señor de estas tierras abruptas que se extendían desde la Serranía de Abibe hasta los valles que hoy conocemos. Se dice que en estos mismos caminos, donde hoy cantan las aves, se escucharon los ecos de resistencia frente a los conquistadores que, atraídos por la leyenda de Dabaibe, penetraron estos territorios en el siglo XVI. Y sin embargo, pese al paso del tiempo, algo ha permanecido intacto: el alma del bosque.
Ese espíritu se levanta en el Cerro Plateado, centinela de alturas que rozan los 3.480 metros sobre el nivel del mar, desde donde nacen cordones montañosos como el Cárcamo, Nore y Musinga, desde allí, el agua desciende en forma de vida, alimentando las cuencas del río Sucio y el Murrí, que serpentean entre la selva como venas abiertas hacia el Atrato. No es casualidad que este territorio abrace parte del Parque Nacional Natural Las Orquídeas, uno de los refugios de biodiversidad más extraordinarios de Colombia. Es en ese mundo húmedo, verde y profundo, donde la Habia copetona escribe su propia historia.
No es un ave que se imponga por tamaño, sino por presencia, su copete escarlata, erguido como una llama perpetua, contrasta con el gris sobrio de su pecho. No canta para adornar el paisaje: lo habita con carácter. Se mueve en pequeños grupos, nunca sola, como si entendiera que en el bosque la vida es siempre un acto colectivo, salta entre ramas bajas, cerca del agua, entre raíces, sombras y hojas húmedas, y en ese ir y venir, parece contar algo más que su rutina: parece narrar una herencia.
La leyenda del fuego que no se apagó. En las veredas altas, donde aún se guarda la palabra de los mayores, se cuenta una historia antigua. Dicen que, en tiempos del Cacique Nutibara, cuando los bosques eran aún más densos y los ríos más indomables, una gran sequía azotó la montaña. El sol quemaba sin tregua, y un incendio, nacido de la ira del cielo,comenzó a devorar el territorio.
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Los hombres lucharon, los animales huyeron, pero una pequeña ave, de plumaje discreto, decidió quedarse. Una y otra vez voló hasta el río, recogiendo en su pico gotas diminutas que dejaba caer sobre las llamas, era un gesto inútil, decían, una obstinación sin sentido, pero el ave no se detuvo.
Los pobladores, al observar aquel acto, comprendieron algo que los demás no: que el valor no se mide por la fuerza, sino por la decisión de no abandonar lo que se ama. Entonces, cuentan, elevaron un canto a los espíritus de la montaña, yestos, conmovidos, descendieron en forma de lluvia, el fuego se apagó y el bosque se salvó.
Como señal de aquel acto, el ave recibió en su cabeza una marca eterna: una cresta roja como el fuego que desafió, desde entonces, la Habia copetona no solo habita el bosque: lo defiende. Por eso es territorial, por eso es ruidosa, por eso nunca está sola.
Hoy, Frontino sigue siendo un territorio de contrastes: agricultura y selva, historia y presente, caminos de herradura y biodiversidad intacta. En sus 1.263 km² se despliega una riqueza que no siempre se mide en cifras, sino en silencios, en sonidos, en presencias como la de esta ave.
La Habia copetona no figura en decretos ni en escudos oficiales, no tiene monumentos, pero su existencia es, en sí misma, un acto de afirmación: Colombia es un país irrepetible porque sus formas de vida también lo son.
En un mundo donde los bosques retroceden, su presencia en el sotobosque de Frontino es una señal de esperanza, donde ella está, el bosque aún respira, el agua aún corre libre, y la memoria, esa que no cabe en archivos, sigue viva.
Quizás por eso, quien camina por estos montes y alcanza a verla, no olvida la experiencia, porque no se trata solo de observar un ave, se trata de entender que en ese pequeño cuerpo, en ese copete encendido, habita la historia de un territorio entero.
Y entonces, el visitante, o el hijo de la tierra, comprende algo esencial: que Frontino no solo se recorre… Frontino se escucha, a veces, canta con copete rojo.
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