ANTIOQUIA Y SU DESTINO MINERO

Por: Jorge Alberto Jaramillo Pereira – Exsecretario de Minas de Antioquia

Nuestros antepasados no se equivocaron al bautizar esta tierra como Antioquia: Para los indígenas en su lengua originaria, ant significaba montaña y ocha oro, es decir, Antocha la montaña de oro». Esa riqueza en las entrañas de nuestras cordilleras no es una fatalidad ni una condena histórica; es una bendición de la providencia y una ventaja comparativa invaluable en un planeta que acelera su transición energética y demanda minerales con estándares éticos estrictos. El debate contemporáneo ya no radica en si debemos o no extraerlos, sino en cómo transformar esa vocación geológica ancestral en progreso humano tangible, digno y duradero. 

El mundo y la minería han cambiado profundamente. Las viejas prácticas del enclave cerrado, de espaldas al territorio, pertenecen al pasado. Hoy cobra fuerza y vigencia el concepto de la Ecominería: una minería moderna, técnica y armónica que convive con los ecosistemas, protege las cuencas hídricas, desarrolla el suelo y asume la restauración ambiental desde el primer día de diseño ingenieril. La gran minería tecnificada y responsable solo adquiere legitimidad social cuando deja de concebirse como una isla tecnológica y se convierte en aliada orgánica de la comunidad. 

El principal motor de esta transformación y disminución de la desigualdad, ODS-10, es la coexistencia y la formalización donde se logran tres (3) propósitos: empleo formal con prestaciones sociales, inclusión social y desarrollo de capacidades. Lejos de marginar al minero tradicional, la gran empresa y el Estado deben integrarlo mediante subcontratos de operación legal y acompañamiento técnico continuo. Cuando un pequeño minero recibe asistencia geológica, capacitación en seguridad y acceso a plantas de beneficio de alta eficiencia, se transforma en un microempresario formal con visión de negocio. Ese trabajador bancarizado, con aportes a salud y pensión, defiende la legalidad de su cuenca y se convierte en el mejor antídoto frente a las violencias que acechan las regiones auríferas. 

No obstante, esta sinergia productiva choca contra el cuello de botella del centralismo fiscal. Hoy, municipios como Segovia y Buriticá, aportan cosechas millonarias al erario, pero padecen un Sistema General de Regalías que dispersa cerca del 75% del recaudo en trámites burocráticos y bolsas lejanas en Bogotá, devolviendo poco al pueblo donde se perfora la roca. 

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Para que la actividad extractiva catalice desarrollo real, debe mirarse en el espejo de compañías como Empresas Públicas de Medellín (EPM). En el Oriente antioqueño, municipios como San Carlos o Guatapé transformaron su historia porque las transferencias de la Ley 99 de 1993 llegan mes a mes, sin intermediarios, directo a las arcas locales. EPM tendió redes eléctricas rurales, vías de penetración e infraestructura habilitante que aún sostienen acueductos veredales, turismo y comercio campesino.

Equiparar la minería con el modelo de EPM exige adoptar una fórmula de justicia territorial (60 / 25 / 15): 

• El 60% de las regalías debe quedarse en boca de mina, en la tesorería del municipio productor. Un recurso blindado en tres tercios obligatorios: el primero para agua potable y saneamiento básico; el segundo para vías terciarias en placa huella y distritos agropecuarios; y el tercero para un Fondo Fiduciario de Ahorro Intergeneracional que custodie capital para las futuras generaciones. (Ver propuesta de Fondo Soberano de Inversión Minero-Energético del profesor Oswaldo Ordóñez Carmona, diseñada para convertir recursos en patrimonio público).

• El 25% debe fortalecer a la región, entregando recursos a la Gobernación para hospitales y vías secundarias, y a la autoridad ambiental (como las CARs) para monitoreo científico y reforestación de cuencas. 

• El 15% restante al nivel central, como fondo de compensación y estabilización macroeconómica. 

Fijar el 15% para la Nación en materia de regalías es plenamente justo y equitativo: el nivel central ya captura la mayor tajada de la bonanza extractiva a través de un Impuesto de Renta corporativo bastante alto, IVA, retenciones en la fuente y otras cargas tributarias onerosas. Las regalías, por mandato moral y de compensación directa al aprovechamiento   del subsuelo, pertenecen a la tierra que entrega el mineral. 

Esta inyección directa permite planificar la economía del día siguiente. La historia nos enseña que mientras en el siglo XIX Titiribí vio cómo la bonanza de El Zancudo emigró hacia la metrópoli dejando socavones en silencio, otras latitudes supieron sembrar el mineral: Santa Rosa de Ososmutó de la bonanza del oro a ser la gran despensa lechera y porcícola de Antioquia, Bendigo, en Australia, convirtió la fiebre del oro en un banco nacional y viñedos de clase mundial y Cerro Matoso operada por South32, ha sido el eje vertebrador de la economía y la infraestructura de Montelíbano y la subregión del Alto San Jorge (Córdoba) durante más de cuatro décadas.

Bajo el faro de la Ecominería y con recursos asegurados in situ, una región minera no solo puede diversificarse en distritos cacaoteros y agroforestales, abrir escuelas-taller de joyería y orfebrería con certificación verde e instalar clústeres metalmecánicos de precisión; la disponibilidad de minerales críticos como el cobre y matrices energéticas limpias convierte al territorio en un polo estratégico para atraer a gigantes tecnológicos y centros de datos (data centers) esenciales para la Inteligencia Artificial, apalancando la inserción de las regiones en la economía del conocimiento. 

Hacer honor al nombre ancestral de Antioquia exige superar el mito de que la minería solo deja desolación. Antioquia es un territorio de progreso, 1.5 veces mayor en tamaño a Suiza (63.612 km² frente a 41.285 km²), ambas regiones comparten un marcado paralelismo geográfico y cultural, dominadas por relieves de alta montaña que han desafiado históricamente su integración, con una extraordinaria concentración de riqueza minera, hídrica, agrícola, biodiversidad y capacidad empresarial.

 Si sumamos proyectos a gran escala, en especial oro y cobre, con los más altos estándares, unidades mineras locales asistidas y empoderadas con mentalidad empresarial y una descentralización fiscal auténtica donde el recurso irrigue a las comunidades, descubriremos la verdadera alquimia: transformar el oro y el cobre de la montaña en agua potable, educación, paz y desarrollo permanente para su gente. 

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