Con motivo de la exitosa serie que Teleantioquia presentó sobre este mítico antioqueño, muchos jóvenes se preguntan si aún quedan vivos o existen de estos personajes; pues en Frontino existe un Cosiaca real más conocido que la ruda.
En los pueblos de Antioquia y hasta del eje cafetero o lo que llamábamos históricamente Antioquia la grande, deben aún existir de estos tipos de personajes, así como lo describió en esta serie César Augusto Betancur, “Pucheros” y como se narra en los libros y a través de cientos de historias y anécdotas de este personaje mitad verdad y mitad leyenda, que ha ido pasando de generación en generación, a través de la tradición oral de las familias paisas.
Luis Alberto Alcaráz Villa nació en Frontino el 27 de agosto de 1936, pronto cumplirá 90 años y con su memoria intacta habla con casi todos los frontineños que lo conocen y reconocen por sus historias y porque nadie, o casi nadie en todo el municipio, sabe su nombre de pila, pues unas siete generaciones lo conocen por el famoso apodo de Cosiaca, como todos lo llaman y saludan.
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COSIACA es más madrugador que el gallo de las Gutiérrez; cuando lo contratan para hacer trabajos en las casas, solares o fincas, Cosiaca llega al tajo a las 5 de la mañana y comienza a empradizar o desyerbar para que no lo coja muy duro el sol; siempre contrata la tirada de azadón o machete por obra y no al día, porque Cosiaca a las 10 de mañana ya lleva cinco horas boliando para entregar sus compromisos; quienes lo ocupan en estas tareas lo describen como guapo, cumplido y berraco para el trabajo, pero estos mismos lo definen como el buen contador de historias y mejor conversador del pueblo.
A diferencia del Cosiaca original, este no es “tumbador” ni vive de “gorra” de la gente ni de contar historias, este a sus noventa años vive de su trabajo, el mismo que hace con toda honradez, con cumplimiento de reloj suizo y sus trabajos los deja bien hechos siempre.
Cosiaca ha vivido la mayor parte de su tiempo en el barrio Manguruma de Frontino, ha visto jugar en las calles a niños de muchas familias, los ha visto crecer, estudiar y casarse y conocer también a los hijos y nietos de estos; conserva una memoria prodigiosa, conversa y charla con el adulto de 70, 80 o con el joven de 20 o 30 años, a unos los llama por el nombre y al que tiene apodo lo hace con ese. Su risa es única, inimitable e inconfundible, está a punto de llegar a los 90 años y no siente dolores, camina erguido y no usa bastones para ayudarse. Completamente lúcido, dice que hace por ahí setenta años que le pusieron ese apodo y que él sabe que alguien algún día escribió sobre él una crónica y que eso aparece en un libro que quisiera volver a ver. A este golpe en Frontino habrá Cosiaca para rato.
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