Por: Juan Diego Barrera
Cada 20 de julio, Colombia conmemora el inicio de su proceso de independencia. Es una fecha que suele invitar a discursos sobre libertad, autonomía y orgullo nacional. Sin embargo, más de dos siglos después, vale la pena preguntarnos si seguimos entendiendo la independencia con categorías del siglo XIX o si ha llegado el momento de replantear su significado.
Durante mucho tiempo se asumió que ser independiente significaba no depender de nadie. Era una idea comprensible en una época marcada por el dominio colonial, cuando el objetivo era romper los lazos políticos con una potencia extranjera. Pero el mundo de hoy funciona de manera muy distinta. Ningún país, por poderoso que sea, es completamente autosuficiente. Todos dependen del comercio, de la tecnología, de los flujos financieros, de las cadenas de suministro, de la energía, del conocimiento y de la cooperación internacional.
Pensar la independencia como aislamiento no solo es un error conceptual; también es una receta para el atraso. La verdadera pregunta no es si dependemos de otros, porque eso es inevitable. La pregunta es qué tan indispensables somos para ellos.
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En ese sentido, la soberanía moderna tampoco puede reducirse a una bandera, un himno o una abstracción jurídica. Tradicionalmente se entiende como la capacidad de un Estado para tomar decisiones sobre sus asuntos internos y externos sin estar sometido a otro poder. Sin embargo, en un mundo profundamente interconectado, la soberanía se ejerce menos desde la autosuficiencia y más desde la capacidad de negociación, influencia y generación de valor. La soberanía ya no consiste en cerrarse al mundo, sino en participar en él desde una posición de fortaleza.
Un país es soberano cuando tiene la capacidad de decidir porque posee alternativas, porque produce conocimiento, porque genera riqueza, porque cuenta con sectores estratégicos competitivos y porque los demás también necesitan mantener una relación con él. La dependencia absoluta es un signo de debilidad, pero la interdependencia inteligente es una fuente de poder.
Por eso Colombia debería replantear la conversación sobre independencia. No se trata de buscar una imposible autosuficiencia económica ni de declarar enemigos a quienes comercian con nosotros. Se trata de construir capacidades propias: mejores universidades, más innovación, mayor productividad, infraestructura moderna y una inserción internacional basada en aquello que podemos ofrecer al mundo y no únicamente en lo que necesitamos comprarle.
Quizás la mejor manera de honrar el legado del 20 de julio no sea repetir que somos independientes, sino preguntarnos qué tan libres somos realmente para definir nuestro futuro. En el siglo XXI, la independencia no significa no necesitar a nadie. Significa que, aun necesitando de otros, hemos logrado construir un país al que los demás también necesitan. Esa es la soberanía que importa y la que Colombia debería aspirar a fortalecer.
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