LA COQUETA Y LOS CARBONEROS DEL RÍO SUCIO

Entre los carboneros rosados que florecen junto al río Sucio, en Rubicón, una diminuta coqueta despliega su penacho de fuego. Su avistamiento abre una nueva página para conocer las aves del occidente antioqueño e inspira una leyenda entre el agua y las montañas.

Por: Sergio A. Restrepo Alzate.

En la vereda Rubicón, Cañasgordas, el río Sucio lleva entre sus aguas una conversación de piedras. Su rumor sube por las orillas, atraviesa los ramajes y acompaña el despertar de las montañas, la mañana descubre lentamente los pliegues de la cuenca: verdes profundos, laderas todavía húmedas, jirones de neblina que se deshacen sobre la vegetación. Cerca del cauce, el aire tiene olor a tierra mojada y a hojas que empiezan a calentarse bajo el sol.

A lado y lado del río florecen los carboneros rosados, sus copas, se inclinan hacia la corriente como si quisieran escucharla, entre el follaje delicado aparecen inflorescencias de Calliandra: pompones de largos estambres, blancos y rosados, tan finos que parecen guardar la suavidad de una nube. La brisa los estremece apenas. Entonces, cada rama se vuelve un pequeño cielo encendido sobre el agua.


Ebird, U Cornell, área de presencia del ave

Entre los carboneros, esta ribera revela uno de sus visitantes más pequeños y deslumbrantes: la coqueta crestada (Lophornis delattrei). Diminuta, casi increíble, parece una chispa que hubiera aprendido a elegir las flores. El macho luce sobre la cabeza un penacho de plumas alargadas, estrechas y rojizas, abiertas comoun abanico de pequeñas llamas, esa corona le concede una presencia que su cuerpo menudo difícilmente permitiría sospechar.

La garganta devuelve destellos verdes cuando recibe la luz; desde otro ángulo, el mismo plumaje parece ensombrecerse. El dorso tiene brillos cobrizos, una franja blanca atraviesa la rabadilla y la cola reúne tonos castaños, su pico corto y recto se acerca a las flores con precisión. Suspendido frente al carbonero, el colibrí sostiene por un instante la apariencia imposible de un cuerpo quieto entre alas que no descansan.

El avistamiento adquiere especial importancia al contrastarlo con eBird, plataforma del Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell. Según la consulta realizada para este relato, no aparecenregistros de la especie en el Occidente de Antioquia y son escasos los reportes visibles en Colombia. Su presencia en el sector representa, por ello, un aporte valioso al conocimiento de las aves de esta cuenca. Ese vacío de información no significa que antes estuviera ausente: revela cuánto falta por observar y documentar. Registrar la fecha, el lugar y las fotografías permitirá respaldar el hallazgo y compartirlo. 

Para este rincón de Rubicón nace una leyenda: hubo un tiempo en que el río perdió el reflejo del amanecer, una niebla espuria cubría la cuenca, y los carboneros abrían sus flores sin que nadie alcanzara a verlas. Las aves grandes buscaron otras montañas, solamente un colibrí pequeño permaneció junto al agua, visitando cada rama, como quien se niega a abandonar una casa querida.

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Una madrugada encontró, prendida de una flor, la última hebra rosada del alba. El carbonero le pidió que la llevara hasta la cumbre, donde dormía el sol, el ave aceptó. Subió entre ráfagas frías, rozó hojas empapadas y perdió el rumbo varias veces. La hebra pesaba menos que una gota, pero mantenerla encendida exigía todo su calor. Cuando sus fuerzas cedían, escuchó abajo el rumor del río y volvió a subir.

Al llegar, dejó aquella claridad sobre el horizonte. el sol abrió los ojos y la niebla comenzó a retirarse. En agradecimiento, el amanecer tocó la cabeza del mensajero: donde había plumas sencillas levantó un penacho rojizo, para que siempre llevara consigo la memoria de aquel fuego, después, los carboneros recogieron el color que caía del cielo y lo repartieron en sus flores. 

Hoy basta mirar esas orillas para comprender por qué un paisaje puede necesitar sus propios cuentos. El río sigue pasando, los pompones tiemblan y cualquier movimiento entre las ramas invita a levantar los ojos. Cuidar la vegetación de la ribera significa conservar alimento, refugio y posibilidades de encuentro, también permite que alguien, algún día, se detenga aquí con un niño y le muestre una flor rosada. Quizá aparezca entonces una coqueta. Y mientras el pequeño penacho recibe la luz, habrá un silencio compartido, de esos que permanecen en la memoria mucho después de haber dejado atrás el río.

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