MONSEÑOR ARTEAGA Y EL MAUSOLEO

Por: Félix Alfazar González Mira

Monseñor Arteaga debe permanecer en el mausoleo de Frontino: una deuda de gratitud con la historia. Por la memoria de un hombre que entregó su vida a Frontino y a Urabá.

En enero pasado , en justo reconocimiento que el honorable concejo municipal de Frontino le hizo al señor Ramón Antonio Elejalde Escobar, surgieron propuestas para trasladar los restos de monseñor José Joaquín Arteaga desde el mausoleo del cementerio hacia la Catedral Basílica Menor Nuestra Señora del Carmen del municipio; resulta necesario reflexionar con serenidad, respeto histórico y sentido patrimonial sobre lo que representa ese lugar para la memoria colectiva de Frontino, de Antioquia y de la región de Urabá.

Monseñor José Joaquín Arteaga y San Julián no fue un sacerdote común. Nacido en Navarra, España, llegó a Frontino en 1919 como primer Prefecto Apostólico de Urabá. Desde estas montañas emprendió una labor evangelizadora, social y civilizadora que transformó para siempre el occidente antioqueño. Fue misionero, escritor, historiador, constructor de iglesias, impulsador de caminos y, sobre todo, un visionario convencido de que Antioquia debía abrirse al mar Caribe a través de Urabá.

Su nombre quedó ligado para siempre a la gesta de la Carretera al Mar. Numerosos historiadores coinciden en señalarlo como uno de los principales promotores de aquella obra estratégica para el desarrollo de Antioquia. Su célebre discurso pronunciado en el Teatro Junín de Medellín, en marzo de 1926, despertó el entusiasmo de dirigentes y ciudadanos alrededor del proyecto que conectaría el interior del departamento con el Golfo de Urabá. Apenas semanas después de aquella intervención histórica, monseñor Arteaga falleció en Frontino, víctima del paludismo contraído durante sus recorridos misioneros por las inhóspitas tierras de Urabá.

Su muerte no fue la de un observador distante. Fue la de un hombre que literalmente entregó su salud y su vida recorriendo selvas, ríos y caminos para servir a las comunidades más olvidadas de Colombia. El paludismo que lo llevó a la tumba fue consecuencia directa de esa entrega apostólica y humana.

El mausoleo es un monumento construido para perpetuar su memoria. Existe un hecho histórico que no puede ignorarse. Los restos de monseñor Arteaga no fueron depositados casualmente en el cementerio de Frontino. Tras su muerte, la sociedad antioqueña reconoció la magnitud de su obra y decidió rendirle un homenaje permanente mediante la construcción de un mausoleo especial en el cementerio municipal, propiedad de la Parroquia Nuestra Nuestra Señora Del Carmen.

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La primera piedra de ese monumento fue colocada el 10 de febrero de 1927 y la obra fue inaugurada en 1931. Su construcción fue financiada en buena parte por dirigentes vinculados a la Carretera al Mar, precisamente porque entendían que Arteaga había sido uno de los grandes inspiradores de aquella empresa.

Ese mausoleo no es solamente una tumba. Es un monumento histórico. Es una obra de gratitud colectiva levantada por una generación que quiso dejar constancia física del reconocimiento hacia quien consideraban uno de los grandes benefactores de Antioquia.

Trasladar hoy sus restos equivaldría, en cierta forma, a vaciar de significado el monumento que fue concebido específicamente para custodiar su memoria. El cementerio también es un lugar sagrado de memoria

Quienes proponen el traslado suelen argumentar que el templo principal otorgaría mayor visibilidad a los restos del prelado. Argumento legítimo y respetable. Sin embargo, los cementerios constituyen igualmente espacios sagrados y patrimoniales. Son lugares donde la historia descansa y donde las generaciones futuras pueden comprender el legado de quienes construyeron una comunidad.

El mausoleo de monseñor Arteaga forma parte del patrimonio histórico de Frontino. Allí ha permanecido durante casi un siglo. Miles de frontineños han aprendido a identificar ese lugar como símbolo de gratitud hacia el hombre que ayudó a proyectar la región hacia el futuro.

Las sociedades maduras no suelen modificar arbitrariamente los lugares históricos de descanso de sus personajes ilustres. Por el contrario, los preservan y los convierten en sitios de memoria colectiva.

Diversos investigadores y cronistas han recordado que los restos de monseñor Arteaga permanecen en el cementerio de Frontino por disposición histórica consolidada desde su fallecimiento. Incluso recientes publicaciones sobre su vida destacan que sus despojos reposan en ese lugar, convertido ya en referente de la memoria regional.

Durante cien años, generaciones enteras han visitado el mausoleo para rendir homenaje a quien algunos historiadores consideran uno de los mayores impulsores de la integración entre Antioquia y Urabá.

Más que trasladar, hay que valorar

La verdadera discusión no debería ser dónde trasladar los restos de monseñor Arteaga, sino cómo fortalecer el conocimiento de su legado.

Frontino tiene la oportunidad de convertir el mausoleo en un punto de referencia histórica y cultural; de promover rutas patrimoniales; de divulgar su obra en escuelas y colegios; de impulsar investigaciones académicas y de vincular su memoria a las celebraciones del centenario de su fallecimiento en 2026. Tenemos éste resto de año para ello.

La mejor forma de honrar a monseñor Arteaga no consiste en mover sus restos, sino en rescatar su historia.

Monseñor Arteaga llegó desde España para servir a esta tierra. Vivió en Frontino, trabajó desde Frontino, soñó desde Frontino y murió en Frontino. Allí reposan sus restos desde 1926 y allí se levantó un mausoleo que constituye uno de los homenajes más significativos que ha recibido un personaje de la historia regional.

Mantenerlo en el cementerio municipal no significa olvido. Significa respeto por la historia, por la memoria colectiva y por el sentido original de un monumento construido para perpetuar su legado.

Porque algunos hombres pertenecen para siempre al lugar donde entregaron la vida. Y monseñor José Joaquín Arteaga pertenece, por derecho histórico y moral, al mausoleo que Frontino levantó para agradecerle su inmensa obra.

Santo y bueno sería reproducir el otro monumento majestuoso destruido para utilizar el convento Carmelita en hospital local. Recuerdo de niño verlo en su inmensidad infinita , circunstancia que vengo a conocer y reconocer apenas ahora en el último tercio de mi existencia.

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