Por: Félix Alfazar González Mira
La epopeya de un pueblo que se negó a vivir encerrado. Decía Don Gonzalo Mejía el 1 de junio de 1926, “Tienen los pueblos su hora definitiva”.
Hay obras que transforman territorios.
Y hay obras que transforman destinos.
La Carretera al Mar pertenece a esta última categoría.
Su historia no es solamente la de una vía abierta entre montañas. Es la historia de la rebelión de un pueblo contra la geografía. La historia de una sociedad que se negó a aceptar el encierro como condición permanente. La historia de una generación de soñadores que decidió derribar con voluntad lo que la naturaleza había levantado durante millones de años.
Porque durante siglos Antioquia fue una fortaleza de montañas.
Una inmensa república andina rodeada por cordilleras, abismos y selvas.
Aquellas montañas forjaron el temple antioqueño. Enseñaron el valor del trabajo, la disciplina, el ahorro y la perseverancia. Pero también impusieron un precio doloroso: el aislamiento.
Mientras otras regiones crecían alrededor de puertos y grandes ríos navegables, Antioquia permanecía encerrada entre peñascos, dependiendo de caminos de herradura para comunicarse con el resto del país y del mundo.
Aquel encierro recibió un nombre que todavía resuena en la memoria histórica: la tierra de la montaña.
Y fue precisamente contra esa montaña donde comenzó una de las mayores gestas de la historia colombiana.
El primer camino hacia el mar
Mucho antes de que existieran las carreteras, los pueblos indígenas habían descubierto una verdad que las generaciones posteriores tardarían siglos en comprender plenamente. Las montañas podían cruzarse. Los antiguos caminos prehispánicos que comunicaban el Valle de Aburrá con el Occidente y el golfo de Urabá eran mucho más que senderos. Constituían verdaderas arterias de intercambio humano, cultural y comercial.
Por ellos transitaban productos, mensajes, alianzas y conocimientos.
Aquellas rutas ancestrales fueron la primera evidencia de que Antioquia no estaba destinada a vivir de espaldas al mar.
La naturaleza imponía obstáculos,
la voluntad humana encontraba caminos.
Juan de Dios Aranzazu y Juan María Gómez, dos gobernadores de la provincia de Antioquia, dieron comienzo a la necesidad de camino para llegar al Golfo.
A finales del siglo XIX, cuando Antioquia consolidaba su crecimiento económico gracias al Estado Soberano que liberó la minería, el comercio y la colonización de nuevas tierras, se hizo evidente una realidad: el departamento necesitaba una salida eficiente hacia el mar. Apareció una figura cuya importancia histórica no siempre ha recibido el reconocimiento que merece. El ingeniero y explorador inglés John H. White, invitado por el presidente Tomás Cipriano de Mosquera a Colombia; plena autonomía de Antioquia; empezó a descubrir una salida recorriendo el Occidente y estudiando posibilidades de comunicación hacia Uraba.
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Lo que encontró fue una realidad contundente. Mientras las riquezas mineras, agrícolas y comerciales crecían en el interior, el departamento seguía atrapado detrás de una muralla geográfica que limitaba su expansión.
White analizó los antiguos senderos, estudió las cuencas hidrográficas y exploró los pasos naturales de las cordilleras.
Sus observaciones permitieron comprender que las montañas podían cruzarse y que el encierro que había de Antioquia no era una condena inevitable. Era un desafío de ingeniería.
Y todo desafío puede ser vencido. Sus informes contribuyeron a alimentar una convicción que comenzaba a madurar entre las élites regionales: Antioquia necesitaba abrir una puerta hacia el Caribe.
No para satisfacer una ambición pasajera.Sino para garantizar su supervivencia económica y su futuro histórico. Y así, penetrando el camino de “La Cerrazón”, le abrió la garganta al río Sucio en el sector de La Llorona, único punto existente que posibilita la conectividad vial entre el Occidente y Uraba que permitía ahorrar dos días; uno subiendo y otro bajando la cordillera para ganarse a Mutatá.
Aquellos estudios sembraron una semilla
que décadas después se convertiría en una de las mayores obras de infraestructura de América Latina.
José Joaquín Arteaga: la voz profética de Urabá
Si White ayudó a descubrir el camino, Monseñor José Joaquín Arteaga ayudó a despertar la conciencia colectiva necesaria para recorrerlo.
Nacido en Navarra, España, profundamente religioso y comprometido con las regiones más apartadas del departamento, Arteaga conoció de primera mano las posibilidades inmensas de Urabá.
Prefecto Apostólico de Urabá entre 1919 y 1926, con sede en Frontino, este obispo Carmelita comprendió antes que muchos la importancia histórica de integrar aquella región al resto del departamento. Conocía sus selvas, sus ríos, sus habitantes y sus inmensas posibilidades.

En marzo de 1926, dos meses antes de su muerte de paludismo adquirido recorriendo Uraba y uno antes del primer barretazo en Robledo, durante una multitudinaria reunión celebrada en el Teatro Junín de Medellín, pronunció un discurso que la prensa de la época calificó como una de las más brillantes piezas oratorias pronunciadas bajo el cielo antioqueño. Allí defendió la necesidad de construir la carretera que uniría a Medellín con Urabá. Su intervención fue tan impactante que muchos comenzaron a llamarlo el redentor de Antioquia.
Más tarde se convertiría en uno de los principales promotores de la obra. Su frase quedó para la historia:
“Hombre Gonzalo, refiriéndose a Gonzalo Mejia, si esa carretera no la hace el erario, que algún dia la haga la vergüenza nacional”. Este Frontineño nacido en España, cómo se autodenominaba, no hablaba solamente de una carretera. Hablaba de una causa colectiva. Su voz tuvo la fuerza de las grandes causas. Su prédica ayudó a transformar una aspiración dispersa en un propósito colectivo.
Gonzalo Mejía: el hombre que vio el océano detrás de las montañas. Toda gran epopeya tiene un héroe central. Y la Carretera al Mar encontró el suyo en Gonzalo Mejía. Pocas figuras encarnan mejor el espíritu antioqueño.
Empresario, aviador, industrial, impulsor del cine, promotor de la navegación aérea y constructor de sueños imposibles, Gonzalo Mejía pertenecía a esa rara categoría de hombres capaces de ver el futuro antes de que el futuro exista.
Donde otros veían selvas. Él veía puertos. Donde otros veían distancias. Él veía oportunidades. Donde otros veían obstáculos. Él veía caminos.
Comprendió antes que nadie que el destino económico de Antioquia estaba unido al mar. Y decidió dedicar su vida a hacerlo realidad.
Durante años recorrió montañas, organizó expediciones, convenció empresarios, movilizó ciudadanos y enfrentó a quienes consideraban la empresa una locura. Su fe nunca vaciló. Su visión nunca se apagó. La hora definitiva llegó entonces el día 1 de junio de 1926.
Desde tempranas horas Medellín se vistió de fiesta. Miles de ciudadanos caminaron desde el Parque Berrío hacia Robledo.Las campanas repicaban. Las bandas interpretaron marchas solemnes. La ciudad comprendía que estaba asistiendo a un acontecimiento extraordinario.
Frente a la montaña que comenzaba a abrirse, Gonzalo Mejía tomó la palabra y pronunció una frase que quedó grabada para siempre en la memoria de Antioquia:
“Tienen los pueblos su hora definitiva.” Aquella no era una frase ceremonial. Era una declaración histórica.
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Era la certeza de que las generaciones presentes estaban llamadas a cumplir una tarea que otras habían soñado durante casi un siglo. Luego añadió: “La carretera al mar es una obra de redención económica y de engrandecimiento para Antioquia.” Y tenía razón porque lo que se iniciaba aquel día no era una carretera era la batalla contra la montaña.
Los siguientes veintinueve años fueron una lucha monumental. Las cordilleras parecían infinitas Los recursos escaseaban. La crisis mundial de 1929 golpeó duramente la economía. Los detractores anunciaban el fracaso pero Antioquia siguió adelante. Cada puente construido, cada ladera vencida, cada curva abierta en la montaña era una afirmación de la voluntad humana frente a la adversidad.
Miles de trabajadores anónimos dejaron allí su esfuerzo. Ingenieros, topógrafos, campesinos y obreros escribieron una página heroica que merece ser recordada junto a las grandes gestas nacionales.
Finalmente, el 28 de enero de 1955, la carretera llegó a Turbo.
Antioquia había alcanzado el mar, el sueño se había cumplido. Del barretazo en Robledo al túnel ganándose la cordillera occidental.
Sin embargo, las grandes obras nunca terminan. Las generaciones posteriores heredaron una responsabilidad: continuar acercando a Antioquia a su destino marítimo. Por eso el Túnel del Toyo Guillermo Gaviria Echeverri, las vías 4G y los corredores modernos hacia Urabá no son proyectos aislados, son la continuación de una misma historia. La misma historia iniciada por los indígenas. La misma historia estudiada por John H. White. La misma historia predicada por Arteaga. La misma historia soñada por Gonzalo Mejía.
A la generación actual le corresponde culminar la obra que comenzó hace cien años venciendo, ya no las montañas y los abismos abruptos, sino la indolencia, insensatez, centralismo y odio del gobierno nacional. En ese propósito, el gobernador Andrés Julián Rendón, con su actitud indomable de la mejor estirpe Antioqueña, entra al mosaico de los grandes de Antioquia al asumir la defensa de la conectividad estratégica de ésta tierra, sin dejarse doblegar, impulsando la terminación del túnel más largo de América y de corredores fundamentales para consolidar la salida al mar y fortalecer el papel de Urabá como la gran plataforma logística de Colombia.
Su tarea forma parte de una cadena histórica que une a exploradores, sacerdotes, empresarios, ingenieros y gobernantes alrededor de una misma visión. La visión de una Antioquia abierta, competitiva, conectada y global.
Si Fernando Gómez Martínez estuviera hoy frente a las montañas del Occidente, quizás diría que la Carretera al Mar es la prueba más contundente del carácter antioqueño porque no fue el resultado de la abundancia, fue el resultado de la determinación. No nació de la comodidad, nació de la necesidad. No fue construida por quienes aceptaban límites. Fue construida por quienes los desafiaban.
Al cumplirse cien años de aquel primer barretazo, Antioquia puede mirar hacia atrás con legítimo orgullo. Porque donde antes hubo aislamiento, hoy hay conexión. Donde antes hubo selva impenetrable, hoy hay progreso. Donde antes hubo un encierro entre montañas, hoy existe una puerta abierta al mundo.
Y porque, al final de cuentas, la Carretera al Mar demuestra una verdad profunda sobre la historia antioqueña: las montañas jamás fueron más grandes que los sueños de quienes decidieron atravesarlas. Como el camino al mar. Cómo la “Trocha a Uraba”. Como el camino de la libertad. Como el camino de la grandeza.

