Una reforma laboral que olvida a quienes están empezando.

Por: Juan Diego Barrera

En medio del debate sobre la reforma laboral, hay una pregunta que debería ser central y no lo es: ¿qué futuro le estamos construyendo a los jóvenes que apenas intentan entrar al mercado laboral? En particular, la situación de los aprendices revela una de las grandes contradicciones del proyecto: se habla de dignificar el trabajo, pero se descuida la puerta de entrada al mismo.

Los programas de aprendizaje no son un privilegio ni una concesión menor; son, en muchos casos, el primer contacto real de miles de jóvenes con el mundo productivo. Allí no solo se adquieren habilidades técnicas, sino también disciplina, experiencia y una posibilidad concreta de empleabilidad futura. Sin embargo, una reforma que no reconoce adecuadamente este rol termina debilitando uno de los pilares más efectivos para combatir el desempleo juvenil.

Una reforma laboral seria debería tener tres objetivos claros: generar nuevos empleos, fortalecer el empleo juvenil y mejorar las condiciones del trabajador. Pero estos objetivos no pueden abordarse de forma aislada ni, mucho menos, en detrimento de la dinámica productiva. Si el marco normativo se vuelve excesivamente rígido o incierto, el resultado no será mayor protección, sino menos oportunidades. Las empresas, especialmente las pequeñas y medianas, reaccionan ante la incertidumbre reduciendo la contratación o frenando su crecimiento.

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En este contexto, los aprendices suelen ser los primeros en verse afectados. Cuando se incrementan las cargas o se eliminan incentivos sin una visión integral, las organizaciones optan por disminuir estos cupos o prescindir de ellos. El mensaje implícito es preocupante: el sistema les cierra la puerta a quienes aún no han tenido la oportunidad de abrirla por sí mismos.

Esto no implica renunciar a mejorar condiciones. Por el contrario, dignificar el aprendizaje es necesario. Pero la dignidad no puede construirse a costa de la inviabilidad. Se requiere equilibrio: proteger al aprendiz sin desincentivar al empleador que le brinda esa primera oportunidad. La alternativa no es entre derechos o empleo; la verdadera tarea es armonizarlos.

Adicionalmente, cualquier reforma laboral debe garantizar seguridad jurídica y fiscal. Sin reglas claras, estables y sostenibles, no hay inversión, y sin inversión no hay generación de empleo. La confianza es un activo invisible pero fundamental: permite que los empresarios planifiquen, que arriesguen y que creen nuevas plazas laborales. Sin ella, el mercado se contrae y quienes más lo sufren son, nuevamente, los jóvenes.

Si de verdad queremos una reforma transformadora, esta debe mirar hacia adelante. Debe apostar por la productividad, por la formalización y por la inclusión real de nuevas generaciones en el tejido económico. Los aprendices no son una cifra marginal: son el futuro del trabajo. Ignorarlos hoy es hipotecar las oportunidades de mañana.

Una reforma laboral que no pone en el centro la generación de empleo juvenil corre el riesgo de convertirse en un discurso bien intencionado, pero desconectado de la realidad. Y en materia de trabajo, las buenas intenciones nunca reemplazarán a las oportunidades reales.

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